Satori

 

Un amigo me aconsejó una técnica para paliar los efectos del estrés. Se trata de fijar la atención en cosas simples: el movimiento de nuestra mano, la respiración, el sabor de un alimento…
El zen viene también a decir lo mismo: el secreto de la felicidad consiste en hacer bien la cama. Poniendo en ello los cinco sentidos, claro. O en fregar los platos (es ésta una actividad con mala prensa pero que, realizada conscientemente, relaja mucho, como lo demuestra una anécdota del poeta Carlos Blanc: llegó una noche muy estresado a casa de unos amigos y, cuando éstos le preguntaron cómo le podían ayudar, él dijo: “sólo dejadme que friegue los platos”).
Los japoneses lo llaman satori: estar plenamente en el presente, ser uno con todo, entender de pronto sin conceptos ni palabras, con el cuerpo. Un adepto zen, cuando llegó al satori (tras mucha disciplina física y mental), lo primero que dijo fue: “¡Qué maravilla: puedo cortar leña y sacar agua del pozo!”. Sólo eso. Nada menos que eso.
El poeta Shoha, al despertar y, gozando unos breves instantes de percepción multiplicada, escribe:

despertar vivo
en el mundo, ¡qué dicha!:
lluvia de invierno

El máximo exponente de este tipo de literatura, centrada en los instantes aparentemente intranscendentes en que se experimenta el satori, es el jaiyín Santôka, el poeta nipón más publicado hoy en su país. Alcohólico, depresivo y misántropo, su vida da un giro cuando, en diciembre de 1924, completamente borracho, intenta suicidarse quedándose de pie en los raíles ante un tren en marcha. El conductor frena a tiempo y luego, enojado, le pega y le arroja a cierta distancia. Allí le recoge el prior de un templo zen, que le invita a quedarse cuanto tiempo quiera. Santôka, finalmente, se ordenará monje y se convertirá en el último de los grandes poetas japoneses peregrinos.
Veamos algunos ejemplos de sus poemas:

Me lavo y tal cual
me pongo a secar
en una roca de la ribera

Habiendo comido,
satisfecho y completamente solo,
dejo los palillos

Recién afeitada la cabeza,
los rayos del sol se reflejan a su gusto

¿Quién no recuerda instantes de satori, en su vida? Yo recuerdo ahora, entre otros muchos, la ducha de los sábados por la mañana en la residencia de estudiantes en la que viví un año en Murcia. Me levantaba no muy tarde (la mayoría de los compañeros se habían marchado a sus casas). Tenía todo el tiempo del mundo. Cogía mi toalla, mi champú y mi jabón y me subía a las duchas. Allí, solo, abría el grifo y dejaba que el agua alcanzase una temperatura idónea, templada, me echaba el champú y me enjabonaba por completo, luego me ponía debajo del grifo y pasaba así un buen rato, largo, largo… hasta que el habitáculo se llenaba de vapor. Una niebla espesísima que yo miraba, intentando distinguir las burbujillas, demorarme en ellas, elegir una y seguirla…
El ritmo cotidiano que llevamos (infernal es quizá el adjetivo más adecuado para definirlo) es el gran causante de la mayoría de nuestros males. Pero algo podemos hacer : pasear un poco todos los días, mirar las tiendas de nuestra calle, aspirar el aroma reparador del café por las mañanas, sentarnos bajo un árbol, no pensar (de eso se trata)…
Si todos los días experimentásemos el satori, si, al menos, respirásemos hondamente una o dos veces… volveríamos a estar como críos en manos de Dios (el prana hindú, la energía que nos envuelve como el mar a los peces, el reiki, la paz al fin, la vuelta a casa).



Nota: la traducción del jaiku de Shoha corresponde a José María Bermejo. Los de Santôka están traducidos por Vicente Haya

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