Las bebidas sagradas mayas:el balché y el saká

Lo sagrado, lo simbólico

Aunque Durkheim es quien comienza a estudiar la religión como fenómeno cultural, es Mircea Eliade quien propiamente investiga el fenómeno de lo sagrado en las culturas arcaicas. Lo sagrado -nos dice- es lo puesto aparte, lo separado de lo profano, “Lo sagrado se manifiesta siempre como una realidad de un orden totalmente diferente al de las realidades ‘naturales’. Es la manifestación de algo ‘completamente diferente’, de una realidad que no pertenece a nuestro mundo ‘natural’, ‘profano’, lo sagrado puede manifestarse en las piedras o en los árboles, y no se trata de la veneración de una piedra o de un árbol por sí mismos. La piedra sagrada, el árbol sagrado no son adorados en cuanto tales; lo son precisamente por el hecho de ‘mostrar’ algo que ya no es piedra ni árbol, sino lo sagrado” (Eliade 1967: 19-20). 

Lo sagrado, continua Eliade, es una actitud que se caracteriza por la entrega y el autoextrañamiento. Extrañarse -afirma- significa entrar en comunicación con todo lo demás y con el horizonte cósmico de lo desconocido. Lo santo tiene un carácter impersonal que a la vez que impone respeto, anonada y eleva, provocando un entusiasmo que conduce al desprendimiento, a la superación de uno mismo y a ignorar incluso la autopreservación. La experiencia sagrada es de suyo el incesante esfuerzo espiritualizante (Eliade 1992, cfr. Solares 1997: 112).

A través de estas experiencias la vida se enriquece, se amplifica y logra que los “extraños” se integren en una comunidad cósmica. La experiencia macrocósmica, no es una enajenación o alineación, más bien, conduce al hombre hacia él mismo, le revela su propia existencia y su propio destino. El hombre arcaico se “pierde” cuando interviene en un ritual. Pero, se recobra y se comprende dado que estos rituales proclaman acontecimientos macrocósmicos, es decir, antropológicos y en última instancia, existenciales (Solares 1997: 146).

La experiencia mágico-religiosa permite la transformación del hombre mismo en símbolo. Se puede definir el símbolo “como todo signo concreto que evoca, por medio de una relación natural, algo ausente o imposible de percibir” (Solares 1997: 139). El símbolo expresa algo más que un significado convencional. Estas cosas ausentes o imposibles de percibir son de manera privilegiada los temas de la ontología, el arte y la religión: causa primera, fin último, finalidad sin fin, alma, espíritu, dioses.

El símbolo es pues una representación que hace aparecer un sentido secreto: es la epifanía de un misterio. El símbolo es un signo que remite a un significado inefable e invisible, por eso debe encarnar concretamente esta adecuación que se le evade y hacerlo mediante el juego de la redundancia mística, rituales, iconografías, que corrigen y complementan inagotablemente la inadecuación (Solares 1997: 140).

Estos símbolos, aseguran la identidad de los pueblos, en tanto que proveen a los sujetos de conceptos y supuestos básicos que no pueden revisarse sin afectar la identidad. Las imágenes simbólicas del mundo que generan esas comunidades generalmente refieren a los temas existenciales, que se repiten en todas las culturas, dichas imágenes son las que “dan sentido a la vida de los hombres”, con ellas se estructuran formas de vivir que son distintas, valorativamente consideradas.

Además, un símbolo revela siempre la unidad de lo real; todo se relaciona: las aguas se relacionan con la vida, la vida con la luna, la luna con las tinieblas, las tinieblas con zonas bio-antropo-cósmicas, etcétera. Al ser símbolos, es decir, signos de una realidad trascendente, estos objetos anulan sus límites concretos, o dejan de ser fragmentos aislados para integrarse en una red que intenta bordear el universo, integran el todo en una unidad, los símbolos son siempre coherentes y sistemáticos (Eliade 1967).
 

El mundo simbólico de los mayas

Como afirma también Eliade (1967), que el hombre de las sociedades arcaicas tenia tendencias a vivir lo más posible en lo sagrado (lo sagrado para ellos es la realidad, lo que realmente “es”), o en la intimidad de los objetos sagrados, en estas culturas los símbolos religiosos fueron, por lo general, objetos del mundo natural con características peculiares, extraordinarias, que se consideraron signos de poder o de sacralidad. Como señalábamos arriba, esos objetos extraordinarios son encarnaciones de “lo sagrado” o “lo otro” no manifiesto, es decir son objetos simbólicos. 

En la religión maya, en el nivel de los objetos simbólicos encontramos que “son sagrados el cielo, la tierra, el agua, el viento, el fuego, la lluvia, el relámpago y los astros; algunos árboles, como las ceibas; algunos plantas, como el maíz, los hongos y las plantas alucinógenas; algunos animales, como la serpiente, las aves, el jaguar y el murciélago; algunos minerales, como los cuarzos” (Garza 1998: 88). De esta forma, la religión dentro de la cosmovisión maya tiene estrechos lazos con la naturaleza, los dioses se encuentran dentro y viven en ella.

Para los mayas, la vida estaba dedicada al servicio de los dioses pues tenían la creencia de que éstos, para poder seguir manteniendo al universo deberían recibir el sustento de los hombres, sólo de esta manera podían seguir viviendo. En el Popol Vuh, se afirma que los dioses en sus intentos de hacer al hombre siempre contemplaban la necesidad de “reunirse y encontrar los medios para que el hombre que formemos, el hombre que vamos a crear, nos sostenga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros” (Popol Vuh 2000: 29).

De esta manera, como dice Thompson (1998), “la religión maya es una cuestión de contrato entre el hombre y sus dioses. Los dioses ayudan al hombre en su trabajo y le proporcionan alimento; a cambio esperan un pago, y la mayor parte de las veces ese pago debe hacerse por adelantado” (Thompson 1998: 215).

El ritual es la forma de estar, de encontrarse con los dioses. Sin el ritual, el Sol moriría, lo que acarrearía la muerte de todo el cosmos; la Tierra se volvería estéril y ya no produciría la vida; la lluvia dejaría de caer; los seres vivos ya no procrearían: lo que significa que para los mayas la existencia del cosmos estaba en manos del hombre, que constituía así el eje del mundo (Garza  1998: 149). 

Dice un lacandón (1950):

“Hachakyum, Dios de los dioses, creó los cielos y las selvas. 
En el cielo sembró a las estrellas y en la selva plantó los grandes árboles. 
Las raíces de todas
las co
sas están agarradas de la mano.
Cuando cortan a un árbol en la selva, una estrella cae del cielo” 
                                               Chan K´in Viejo
(1)

Los ritos mayas comprendían dos etapas; la primera, era para purificar al participante (abstinencia sexual, privación de alimentos, baños) a fin de estar en condiciones de entrar en contacto con lo sagrado, también el lugar y los objetos debían sacralizarse previamente. A veces se usaban objetos nuevos fabricados para el propio rito y se empleaba agua pura o virgen, es decir, no tocada por las manos del hombre. Una vez pasada esta etapa purificadora, que se denominaba también negativa, venía el rito propiamente dicho, la etapa positiva. Si bien cada una de las ceremonias tenía su desarrollo particular, todas compartían algunos hechos, entre los que se destacan: la realización de oraciones, sahumerios (generalmente con resina de copal), danzas, cantos, procesiones, representaciones dramáticas de los mitos y la historia de los antepasados ilustres, que eran deificados, ingestión de comidas y bebidas sagradas y, como parte central, sacrificios (Garza  1998: 149-50). Las ceremonias se realizan para pedir por una buena salud, lluvia y por una buena cosecha.

Las ofrendas fueron y son variadas entre los mayas: “Como los dioses eran para ellos invisibles e impalpables, se los sustentaba con materias sutiles, como los olores de las flores y del incienso, y los sabores de alimentos y bebidas; pero principalmente se les entregaba la energía vital que habitaba en la sangre de animales y de seres humanos, la cual se liberaba al detenerse las palpitaciones o si se quemaba el corazón” (Garza  1998: 153).
 

Las bebidas sagradas entre los mayas

Para el hombre moderno, que vive en un mundo profano, científico y práctico le es difícil comprender que en algún momento de la historia, las culturas primeras vivían en un mundo completamente sacralizado, todas sus relaciones con la naturaleza, con sus utensilios, su vida misma, el cumplimiento de sus funciones vitales como el hecho de alimentarse, su sexualidad, trabajo y demás tenían un sentido religioso. Todo estaba impregnado por lo sagrado.

Para los mayas, el hecho de alimentarse no era una cuestión puramente orgánica o “natural” sino sacra, existían entre ellos alimentos y bebidas que son objetos simbólicos, sobre todo los relacionados con sus ceremonias. 

Entre las bebidas relacionadas con sus ceremonias tenemos dos básicas; el balché que era la más utilizada, como hasta ahora, en las ceremonias mayas, y el saká, en segundo plano. Se consideran simbólicas por su contenido “puro” y “natural”, el balché era preparado de la corteza de un árbol con agua “virgen”, y el saká, con maíz, e igual, agua “virgen”. Árbol y maíz, productos naturales y sagrados entre los mayas; el árbol simboliza la vida, la juventud, la inmortalidad, la sabiduría. Dicho de otra manera: “el árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuando sabe que los dioses poseen…” (Eliade 1967: 146.). El maíz, como todas las plantas que se consideran sagradas debe su situación privilegiada al hecho de encarnar el arquetipo, la imagen ejemplar de la vegetación (Eliade 1967: 147), por otra parte, es su valor religioso lo que hace que una planta se cuide y cultive, además el maíz estaba relacionado con la fertilidad.
 

El balché

El balché era y es la bebida sagrada por excelencia de los mayas, la consumida en todas las ceremonias mayas. Thompson (1998) afirma que “El Dios del balché, según el diccionario de Motul, Acán es Dios del vino, nombre que aplicaron al balché los primeros autores. Acán significa, entre otras cosas, “bramar”, y quienquiera haya oído las voces de los mayas borrachos podría sentirse inclinado a establecer la relación. Es probable que los dioses de los apicultores fueran también patronos del balché, ya que éste es miel fermentada con adición de corteza del árbol llamado balché (Thompson 1998: 376).

Pero sobre todo, el balché es un vino preparado con la corteza de un árbol del mismo nombre. Su preparación es como sigue: se pone a hervir la corteza del árbol para quitarle lo amargo, después se pone a secar para posteriormente hervir con agua virgen, de cenote o de río no contaminado, para que la corteza “suelte” la esencia y el color. Hay quien lo deja de dos a tres días para que fermente. Algunos suelen agregarle miel (también hay quien le agrega azúcar o aguardiente). Tiene un color rosa pálido y un sabor dulce. Se sirve en jicaritas y se distribuye entre todos los que participan en la ceremonia. Es importante remarcar que sólo se consume en las ceremonias, pues es sagrado: incluso está el Dios del Balché.

El balché tenía dos usos básicos entre los mayas: 1) purificaba; 2) producía ciertos estados de conciencia.

En el primer uso, se dice que el balché ayudaba a purificar a la persona para poder estar en la ceremonia, era la pureza ritual requerida. De ahí la necesidad de que el agua para preparar el balché fuera “virgen”. Además, dice Thompson que el balché ayudaba a la pureza por ser purgativo; el hombre se limpiaba (Thompson 1998:  232).

Entre los mayas de Chiapas, de mediados del siglo pasado, cuentan que “El Balché tiene cualidades medicinales, produce un efecto laxante. Felipe me contó que un día Chan K´in tenía una infección intestinal que ningún remedio había curado. Tomó entonces la bebida sagrada y sanó al otro día. De cualquier manera, es menos malo que el aguardiente, que han introducido los ladinos. Es menos fuerte y debe tomarse exclusivamente en los rituales religiosos” (Duby 1955: 47).

En el segundo caso, para los mayas la naturaleza poseía innumerables misterios que no se mostraban en el mundo visible, pero que eran tan reales como estos, a los que el hombre sólo podía acceder en estados especiales de conciencia.

Entre los mayas, eran utilizadas sustancias psicotrópicas o bebidas alcohólicas, como el balché, para estimular la conciencia, o que permitieran entrar en trance con ellas: “Los hongos y plantas capaces de provocar esos estados de conciencia, o, en la concepción indígena, de permitir al espíritu transponer los umbrales hacia otras dimensiones de la realidad, se consideraban divinos. En los hongos y las plantas sagradas radican deidades que se integran al hombre que los ingiere, para sacralizarlo y dotarlo de poderes sobrehumanos que lo ayuden a vincularse directamente con los dioses, a ascender al cielo, a bajar al inframundo, a recorrer largas distancias y a conocer las causas ocultas de las

cosas”
(Garza 1998: 169). Estas plantas y hongos son considerados divinos, pues permiten pasar de un estado profano a uno sagrado. Mediante ellas se adquieren poderes sobrenaturales que permiten percibir lo invisible, lo mágico. El poder de estas plantas y hongos es tal que para cualquiera que las ingiera sin conocimiento puede ser mortal. Sólo los chamanes que son “los que saben ver”, “los sabios”, las pueden manejar.

Así, el balché permitía estar en el mundo sagrado, trascender, entrar en contacto con lo que no podemos ver o tocar en el mundo profano. Permitía estar en lo real, tratar de descifrar el misterio que encierra la naturaleza. 

Hoy en día, el balché es la bebida sagrada más consumida en las ceremonias y, por lo tanto, la más conocida. Incluso para muchos mayas, sólo existe esa bebida sagrada.
 

El saká

El saká es para los mayas una bebida sagrada elaborada a base de nixtamal medio cocido. Se utiliza sobre todo para ofrendar a los dioses del monte durante las fases de la milpa (medición del terreno, tumba, siembra, deshierbe y recolección).

Sak quiere decir maíz. Las bebidas de maíz son sagradas desde siempre. Así, por ejemplo, el mito cosmogónico quiché dice que el hombre fue formado con masa de maíz: “el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre…moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados… De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados” (Popol Vuh 2000: 86).

El hombre y su maíz son uno. El hombre cuida de su maíz como cuida de su vida, pide por el maíz en la ceremonias sagradas, ofrenda a los chacs para que caiga la lluvia, espanta a los animales selváticos, erradica las malas hierbas y, sobre todo, le da vida al sembrarlo. En correspondencia, maíz le da alimento a él y a su familia.

En la mayoría de los pueblos mayas, aún se práctica la ceremonia del Chá Chaak (Dios de la lluvia), ya que está relacionada con la siembra del maíz, que es la actividad básica de estos pueblos, y el saká es la bebida sagrada por excelencia en las ofrendas. También, en los meses de abril a mayo, los campesinos mayas tienen la costumbre de celebrar la ceremonia al Dios Chaak, para pedirle a los dioses de los vientos que los milperos sean favorecidos en sus próximas siembras. En esta ceremonia se preparan varios alimentos sagrados y bebidas sagradas como el saká y el balché.

Por ejemplo en el pueblo maya Polyuc, municipio de Morelos, Quintana Roo (4), desde días antes de realizar el brechado se ofrece al Dios Chaak una bebida llamada saká, con el fin de que el campesino no tenga problemas en su trabajo. Solamente él hace el rezo, cuya duración es de 15 minutos aproximadamente. En la época de siembra, se brinda la misma bebida para que la planta crezca bien y pueda cosecharse. En el proceso de siembra se siguen los mismos pasos que en el caso anterior. La cosecha del maíz es el último paso que se sigue en el trabajo milpero, por lo tanto se brinda otra bebida del saká, con el fin de demostrar al Dios Chaak su gratitud. Además, durante la ceremonia, se derrama saká, enseguida se le rocía tizne y carbón del horno donde se prepararon los alimentos sagrados. No es recomendable brincar o pasar sobre el saká, porque tiene sus consecuencias, según dicen los mayas. Pueden “agarrar el mal viento”, sobre todo las mujeres, que durante toda la ceremonia deben permanecer en la cocina y tienen prohibido participar en ella, pues eso disgustaría al Dios Chaak.

Otro ejemplo de una comunidad del municipio de Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, en donde se observa cómo los campesinos ofrendan la bebida del saká en sus rituales, en las diferentes etapas de la siembra del maíz. El proceso de la ofrenda sigue estos pasos: Se eligen 5 jicaritas de saká, y con una hojita en forma de cuchara, remojada en el mismo, se esparce para bendecir a los cuatro puntos cardinales.

Las etapas de la siembra del maíz son:

Medición del terreno: Mes de agosto, cuando se hace una ofrenda de bebida con el fin de que salgan los animales peligrosos y, en la medida que sean vistos por los campesinos, se les mata.

Brechado: Agosto. Se trabaja cuando es monte alto. Inicio de las actividades de la explotación milpera. El campesino ofrenda la bebida del saká.

Tumba: Octubre, noviembre, diciembre y enero. Se ofrenda saká para que los trabajadores se cuiden de picaduras de animales peligrosos, tales como las víboras.

Quema: Marzo y abril. Se ofrenda la misma bebida, acompañada de unas oraciones.

Siembra: Mayo y junio. Ofrenda de bebida con rezos. Al término de una hora, se quita del lugar en donde se acomodó y se bebe.

Chapeo: Antes de empezar esta actividad, se procede a ofrendar la bebida con el fin principal de ahuyentar a las víboras del monte.

Cosecha: Septiembre. En este mes, el maíz habrá sazonado. Entonces se prueba, acompañado de rezos, repitiendo varias veces el nombre de Dios.

Dobla: Octubre y noviembre. No se ofrenda bebida.

El saká es también utilizado como símbolo en la elaboración de los alimentos sagrados, ofrendados en la ceremonia al Dios Chaak.

El alimento sagrado se basa en unas tortas de maíz (los Noh Waho’ob) que están compuestas de capas de masa (pim) sobrepuestas. Hay de 13, 10 y 9 capas. La más grande tiene mayor jerarquía. Cada pim simboliza a una nube. El proceso de preparación es el siguiente:

Al tener las capas de masa se obtendrá Noh Wah, y al trabajar en la parte superior de la tortilla se puede obse

rv
ar el simbolismo del saká.

a) Se formará un círculo, elaborado a base de orificios mediante el dedo índice, considerados como los ojos del dios Chaak.

b) Se punteará por orificio, hasta rodear toda la dimensión del Noh Wah.

c) En cada orificio se depositarán tres gotitas de saká y se les ofrecerá a los dioses de la naturaleza. Las gotitas son consideradas como las lagrimas de los dioses de la lluvia.

d) Posteriormente se taparán las lágrimas de Chaak, con pequeñas proporciones, cuya presentación simbólica y religiosa se concibe como el cielo nublado. Se entiende que, al nublarse el cielo de un color café-pardo, de igual forma es la coloración que presenta la pepita molida. (La pepita molida es utilizada en la elaboración de los alimentos sagrados, ya que crece junto que el maíz, cuando el maíz se siembra se ponen semillas de maíz y de calabaza y así crecen juntos.)

e) En la parte central del Noh Wah, sobre la superficie, se formará un crucifijo, realizado con la presión ejercida por el mismo dedo índice. En el mismo se volverá a depositar el saká y se cauterizará con la pepita molida.

También durante el primer rezo maya, que ejecutará el H-men (sacerdote maya) en el transcurso de la ceremonia, tirará gotas de saká en los cuatro puntos cardinales, norte, sur, oriente y poniente, acción que significa bajar a los regadores de la milpa del cielo.

El saká se utiliza sobre todo para la ceremonia de la milpa, y suele utilizarse en otras más. Por ejemplo, en Semana Santa, en algunas comunidades mayas que se reúnen en la iglesia desde el jueves, viernes o sábado acostumbran a llevar saká, con el que brindan en las oraciones durante el día y la noche.

De esta manera, la bebida del saká es un símbolo sagrado para la cultura maya, relacionada con la siembra del maíz. Algunos le llaman el “pozol sagrado”. Su ofrenda a los dioses es fundamental para que el hombre pueda ser protegido de los animales peligrosos o de los animales que comen la siembra y no la dejan crecer; y, sobre todo, para que a la siembra de maíz no le falte agua, pues si esto sucediera el hombre moriría, porque ya no podría reproducirse, ya que el maíz representa simbólicamente la fertilidad. Por ello, el saká esta relacionado con el agua y el maíz. Es la lluvia para el maíz. Representa en los alimentos sagrados, donde se hacen orificios, las lagrimas del Dios Chaak, que significa agua sobre los alimentos sagrados de maíz.



Notas

1. Del libro de Chan Kín, en Roberto Bruce (1967), Jerarquía maya entre los dioses lacandones. México, Anales del Instituto de Antropología e Historia, vol. 28, citado en Gertrude Duby Blom (1996), Imágenes lacandonas. México, Fondo de Cultura Económica.

2. Estos trabajos de campo sobre “ceremonias mayas”, realizados en el municipio de Felipe Carrillo Puerto y en el de Morelos, Quintana Roo, México, que a continuación describimos, fueron hechos por antropólogos de la Dirección General de Culturas Populares – Unidad Regional, Quintana Roo, México.

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