La lechuza de Minerva

la «lechuza de Minerva» frente al supuesto «búho de Minerva»

AteneaMinervaPalas Atenea, dicha más tarde Minerva, la Virgen, la Diosa de los brillantes y resplandecientes ojos, Glaucopis, de mirada viva y penetrante, como la mirada de las pequeñas lechuzas, con las que custodia durante la noche la Acrópolis, en cuyo Partenón se atrevió Fidias a esculpirla; la que había nacido de la propia cabeza de Zeus, con el hacha de bronce de Vulcano por partera; la que dio a la ciudad de Atenas el olivo como símbolo de la paz, frente al corcel guerrero de Neptuno; y ante cuya belleza el veloz Helios detuvo los ligeros corceles de su carro de fuego; la que inventó la flauta y la danza; la Diosa de la Guerra, a quien dedican el gallo, ave animosa y peleadora; y, por tanto, protectora de la Paz, de la Filosofía y de las Artes; dicha también Atrine, la indomable, Escenias, la vigorosa, Hippia, pues enseñó a domesticar los caballos, Areya, la compañera de Ares, Promacos, la que pelea en primera fila, Nike, pues da la victoria, Eirenóforos,pues porta la paz; que guió a los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro, &c., apartó un día a la sofista corneja de su compañía, para evitar que los hombres pudieran confundir la parlería con la sabiduría, y decidió adoptar a la callada y observadora lechuza como numen suyo.

Atenea y su mochueloEn la España de 1585 así lo decía Juan Pérez de Moya en su Filosofía secreta, donde debajo de historias fabulosas se contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios: «Desechada la corneja de la compañía de Minerva recibió la lechuza o mochuelo, porque esta ave ve de noche, y al sabio, entendido por Minerva, ninguna cosa se le debe esconder por encubierta que parezca; y porque así como esta ave está de día escondida y retraída en lugares oscuros, apartada de la conversación de las otras aves, así el sabio con deseo de la especulación se retrae a lugares solitarios, porque en la familiaridad y frecuencia de la gente no hay quieto reposo para filosofar; y porque el contemplar y considerar tiene más fuerza de noche que de día, y el ánimo muestra en este tiempo más vigor, por esto se denota esto más con estas aves nocturnas que con otras.»

Ya el gran Aristóteles, al comienzo del libro segundo de su Metafísica, había dejado escrito: «ansí como los ojos de la lechuza a la claridat del sol, bien ansí el nuestro entendimiento a todas las cosas que son muy çiertas en la naturaleza», vertido en 1428 a la lengua, por Enrique de Villena. (Hodiernos intérpretes entienden nycticoracum por murciélago –olvidando a Vicente de Burgos en 1494: «la lechuza es nocturna & es en latín llamada nocticorax porque mucho ama la noche»– y cuelan además un alma, por si acaso: «el estado de los ojos de los murciélagos ante la luz del día es también el del entendimiento de nuestra alma frente a las cosas más claras por naturaleza».)

Skyphos ático con la lechuza de Atenea
siglo VI antes de nuestra era

Minerva fue objeto de culto en las provincias del imperio romano. A la Diosa Virgen se le aplicaban calificativos de sancta, dea sancta, regina, victrix, &c., y muchos individuos y colectividades se fortalecían con su devoción: asociaciones de militares devotos de la virgen, incluso guarniciones enteras y grupos de artesanos se entregaban a la advocación de la Virgen Minerva. Se le consagraron estatuas, imágenes y altares, con lámparas de aceite encendidas toda la noche… cuando sus lechuzas no se lo bebían. Con el cristianismo la Virgen Minerva se transformó en la Virgen María, pero las lechuzas no se enteraron de esos matices teológicos, pues no cambió el magnífico aceite de oliva de las lámparas de sus altares, cada vez más numerosos: «y se bebía el aceite de las lámparas como lechuza» (Francisco Narváez de Velilla,Diálogo intitulado el capón, 1597), «como lechuza infernal, cebándose en el aceite y sustancia de los prójimos» (Francisco de Luque Fajardo, Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, 1603), «y que en Dios y en su conciencia no podía ser otra la lechuza que chupaba el aceite de aquellas lámparas» (José Francisco de Isla, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes,1758) hasta el razonamiento de la lechuza de la fábula: «Lámpara, ¡con qué deleite te chupara yo el aceite, si tu luz no me ofendiera! Mas ya que ahora no puedo, porque estás bien atizada, si otra vez te hallo apagada, sabré, perdiéndote el miedo, darme una buena panzada.» (Tomás de Iriarte, Fábulas literarias, 1782).

Cuando el descubrimiento y romanización de América los españoles se fueron encontrando muchas cosas que les eran desconocidas, pero que fueron describiendo, como es natural, por analogía a las que les resultaban familiares. Y aunque había muchas especies de lechuzas en América que eran desconocidas de griegos, romanos y cristianos, véase cómo el adulterio de Atenea con Zeus, o las supersticiones atribuidas a las lechuzas en el viejo mundo, fueron enseguida detectadas hasta en los dioses precolombinos: «Capítulo quinto. Del mal agüero que tomaban del chillido de la lechuza. Cuando alguno sobre su casa oía charrear a la lechuza, tomaba mal agüero. Luego sospechaba que alguno de su casa había de morir o enfermar, en especial si dos o tres veces venía a charrear allí sobre su casa, tenía por averiguado que había de ser verdadera su sospecha. Y si por ventura en aquella casa donde venía a charrear la lechuza estaba algún enfermo, luego le pronosticaban la muerte. Decían que aquél era el mensajero del dios Mictlantecutli, que iba y venía al infierno. Por esto le llamaban yautequiua; quiere decir mensajero del dios del infierno y diosa del infierno, que andaba llamar a los que le mandaban. Y si juntamente con el charrear le oían que escarbaba con las uñas, el que le oía, si era hombre, luego le decía: Está quedo, vellaco oxihondido, que heziste adulterio a tu padre.» (Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, 1576).

La lengua española de la época del imperio distinguía perfectamente lechuzas, mochuelos, búhos, autillos y otras aves nocturnas. En los refranes: «ver de noche como mochuelo», «ver de noche como lechuza»; en el primer diccionario de l

a Academia de la Lengua, años antes de que Lineo intentase reducir el mundo a sus taxonomías. Pero la lechuza de Minerva, la chevêche d’Athéna de los franceses, anatematizada por algunos cristianos integristas (que gustaban representarla con una cruz sobre la cabeza, para simbolizar la sumisión de la que ellos decían falsa sabiduría), fue también marginada mucho tiempo por los naturalistas, siempre confundidos por las aves de la noche. Nada menos que hasta principios del siglo XX no se le reconoció a la lechuza de Minerva, dentro de las aves rapaces, un género propio –¿habrá ya nacido el ornitólogo que se atreva a reivindicarle, por lo menos, una subfamilia?– aunque se procuró enmendar el olvido dando a ese nuevo género el mismo nombre que la virginal Pallas: Athene. Así, la confusa Strix noctua por antonomasia fue rebautizada por los taxónomos como Athene noctua.

Reverso de un tetradracma ateniense, siglo V a.n.e.
en cuyo reverso figura la cabeza de Palas Atenea

Pero fue un filósofo idealista alemán, Guillermo Federico Hegel, quien merced a una afortunada imagen al final del prefacio a su Filosofía del Derecho,recuperó del olvido a la lechuza de Minerva, aunque fuera al penoso precio de convertirla en triste y manido lugar común de comentaristas, articulistas y profesores de filosofía. Parece que Hegel no andaba muy fino al distinguir entre aves nocturnas, y escribió «Eule der Minerva», y no «Kauz der Minerva» o el más preciso «Steinkauz der Minerva». En la lengua de los alemanes eule es un genérico poco preciso (como lo es owl en la lengua inglesa), que se aplica de manera difusa a rapaces nocturnas. Así los diccionarios vulgares hacen corresponder eule con búho, lechuza, mochuelo… y algunos traductores de Hegel a la lengua española, sin pararse mucho a pensar lo que traducían, ignorantes de la Virgen Minerva, convirtieron al pequeño mochuelo de Minerva –Athene noctua, que mide 27 cm., pesa 200 gramos y tiene una envergadura que no llega a los sesenta centímetros, y que sólo raramente grita o charrea– nada menos que en un búho –Bubo bubo, de 70 cm., hasta tres kilos de peso y cerca de dos metros de envergadura, que ulula con frecuencia y, además, está coronado por sendos penachos o cuernecillos de pluma–. ¡Pero en qué cabeza cabe que la virginal Atenea iba a cambiar una corneja charlatana por cualquier búho ululante! ¡Y cómo imaginar tales búhos vigilando la Acrópolis, o bebiendo el aceite de las lamparillas, aceite que precisamente Palas nos enseñó a obtener de los olivos, los olivos en los que se posa precisamente su mochuelo! ¡Si se cometen estos errores de traducción al identificar realidades materiales corpóreas, qué barbaridades y alucinaciones no se cometeran al pretender trasladar de una lengua a otra ideas abstractas, máxime si estas son oscuras, ideales y confusas!

Aunque no es difícil entender el error de tales traductores, a juzgar por la forma como gustan castigar el idioma. Léanse estas cuatro variantes, realmente existentes, de la famosa frase de Hegel: (1) «Cuando la filosofía pinta el claroscuro, ya un aspecto de la vida ha envejecido y en la penumbra no se le puede rejuvenecer, sino sólo reconocer: el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo.»; (2) «Cuando la filosofía pinta gris sobre gris, al claroscuro, una forma de la vida ha envejecido y no se deja rejuvenecer sino solamente reconocer. El búho de Minerva sólo inicia su vuelo a la hora del crepúsculo.»; (3) «Cuando la filosofía pinta gris sobre gris, entonces una forma de la vida ha envejecido. El gris en el gris de la filosofía no puede ser rejuvenecido, sólo comprendido. El búho de Minerva extiende sus alas sólo luego de que el polvo cae.»; (4) «Cuando la filosofía pinta el claroscuro ya un aspecto de la vida ha envejecido. Y en la penumbra no lo podemos rejuvenecer, sólo lo podemos reconocer. El búho de Minerva sólo emprende el vuelo a la caída de la noche».

El daño está hecho, y costará generaciones enmendar el error. Así, el 21 de septiembre de 2001, el buscador www.google.com, que facilita la localización de cualquier secuencia de texto que aparezca entre los cientos de millones de páginas presentes en internet, con secuencias del tipo “búho de Minerva”, “lechuza de Minerva”, &c., permitía obtener los siguientes resultados:

GOOGLE
21 sept 2001
búho de lechuza de mochuelo de
Minerva 162 29 0
Atenea 4 1 0
Palas Atenea 2 1 0

No parecen estar en uso formas como «mochuelo de Minerva», y está mucho más difundido el exótico «búho de Minerva» que la castiza «lechuza de Minerva». Hay vestigios de «búho de Atenea», &c. Lo más curioso es advertir que la mayor parte de las páginas de internet en las que aparece la forma canónica, «lechuza de Minerva», proceden de España; mientras que la mayor parte de las páginas en las que aparece la inconsistente forma «búho de Minerva», proceden de las repúblicas americanas que hablan español (por orden decreciente de frecuencias: Argentina, Chile, Méjico, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Costa Rica, Ecuador y Perú). Nos limitamos, por ahora, a constatar esta observación.


La lechuza y el búho de Ortega en 1931, 1934, 1936 y 1949

La lechuza de Minerva, travestida no hace tanto en búho, es hoy símbolo de muchas entidades que quieren tener o tienen relación con la filosofía: sociedades, congresos, revistas, editoriales. (Véase, por ejemplo, la curiosa transformación del logotipo de Revista de Occidente,la editorial fundada por José Ortega y Gasset, durante el auge del nazismo: abandonaron aquellos filósofos españoles la imagen de la lechuza, que habían calcado del tetradracma griego dedicado a Minerva, para incorporar como logotipo un búho alemán, de vanguardista factura cubista y germánica.) La filosofía de tradición helénica no tiene nada que ver con el búho. Y aunque en los símbolos apócrifos se resalten grandes y brillantes ojos, si sobre la cabeza del numen sobresalen cuernecillos, podrá tratarse de un búho, pero jamás de una lechuza de Minerva.

http://www.lechuza.org/zoo/buhono.htm

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